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Martes 10 de Abril de 2018 4.139 lecturas

Conoce la historia de la Casa Caturra: el segundo hogar de nuestros jugadores.

La casona acoge a todos los canteranos y baluartes que vienen de lugares lejanos, quienes han conformado una gran familia.

En lo alto del cerro Esperanza en Valparaíso y con una hermosa vista hacia el mar se ubica la pensión de Santiago Wanderers, una gran casa que acoge y da la bienvenida a los jugadores caturros que son de lugares lejanos o tienen problemas de traslado.

En esta pensión viven William Gama y Ángelo Quiñones, quienes son parte del plantel profesional, pero viven junto a otros canteranos de distintas categorías y  forman una verdadera familia desde hace casi cuatro años.

Según nos cuentan Mónica y Ángelo, quienes son dueños de esta pensión, en septiembre del 2018 se cumplirán cuatro años desde que su casa se ha dedicado cien por ciento a acoger a los jugadores Wanderinos. Su familiaridad con el Decano fue creciendo tanto que incluso accedieron a pintar su casa color verde para representar la vivienda.

La residencia es grande y cuenta con al menos seis habitaciones en la parte delantera, una gran sala de estar para compartir y una larga mesa para que todos puedan comer juntos. Tal como señala Ángelo, la finalidad es que la pensión sea un lugar basado en lo familiar y las reglas son claras: respetar a los demás, avisar si no llegan a comer o a donde van.

-“Ellos comparten piezas. No dan problemas, además que vienen todos a lo mismo: llegar lo más alto posible. Están dedicados al fútbol”, relata Mónica. 

Además, Mónica comenta que jamás ha existido ningún problema con los chicos ya que son muy caballeros. Los lazos de fraternidad que se han creado con los niños que se ven como hermanos y que ellos, como encargados de la pensión, ven como hijos.

“Yo siempre quise tener un hijo hombre, pero tuve cuatro mujeres. Hasta ahora, que tengo diez chicos en mi casa”, dice Mónica con una sonrisa, explicando lo feliz que se siente de tenerlos en su hogar y que le alegra sentir que todos son una familia. También agrega que es tanto el cariño que se crea, que algunos de los jugadores que llegaron en los inicios, pero que ya no viven ahí, siguen visitándolos a menudo.

-¿Los pasan a ver?

-“Sí, siempre vienen a vernos. El último en venir hace un par de semanas fue Mario López. Vino, y almorzamos juntos. Es difícil no crear lazos afectuosos cuando uno convive con ellos. Cuando Mario se fue, nos dejó su camiseta enmarcada de regalo, pero él igual sigue viniendo cuando puede”.

Tanto Mónica como su esposo expresan que, con el pasar de los años, la convivencia se hace más relajada, aunque al principio pensaron que quizás podría costarles encajar unos con otros debido a las diferencias de edades notables entre el más grande y el menor de todos.

-¿Les costó acostumbrarse entre ellos?

“Todo lo contrario, son súper hermanables. Benjamín Silva es el más chico, tiene 14 años recién cumplidos y los más grandes lo cuidan harto y lo protegen”, indica Mónica, agregando que si alguno está pasando por momentos difíciles o está triste, los demás van a apoyarlo, le conversan, lo apoyan e incluso se dan consejos. “De repente una entra y están durmiendo juntos o están echados uno al lado del otros… son como hermanos”.

También nos cuentan que ellos están expectantes a los partidos y resultados de Santiago Wanderers, y que comparten en conjunto con los caturros los estados de ánimos después de cada partido. Ángelo explica que cuando el Decano pierde, llegan todos enojados; comen y se encierran en sus piezas.

“En cambio, si ganan, les cambia el ánimo, y a nosotros también. Llegan felices, transmiten todo el partido y celebran, más si les toca jugar”, dice Mónica.

La mujer, que hoy es una caturra más, nos aclara que los jugadores tienen su rutina marcada. Todos desayunan juntos y luego por lo general se van a entrenar para luego volver almorzar, posteriormente, durante la tarde están descansando. De esta forma, también existen días en que no deben entrenar, por lo que en esos espacios de ocio se ponen a jugar entre ellos en la sala. Ya que el living es grande, los caturros se instalan a hacer carreras con autos a control remoto y arman una pista de vehículos.

-“Ponen objetos en el suelo, cajas, cestas, como forma de obstáculos para las carreras y en eso pasan las tardes a veces”.

De esta manera la convivencia en la pensión es tranquila y familiar. Ellos se consideran una gran familia, inclusive, el cerro Esperanza también se hace parte de la comunidad Wanderina ya que han pintado todos los postes de luz con los colores del Decano. 

La barra de los Panzers se ha puesto de acuerdo para pintar un mural que queda justo en frente de la pensión. Le pidieron el debido permiso a la dueña de la casa y ella se mostró contenta con esta gran pintura en su muro. Así es como los caturros pronto tendrán su propio mural al cruzar la calle y cerro Esperanza se identificará por ser hogar de los jugadores Wanderinos.

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